La educacion no es un privilegio, es un derecho

Desde principios de la década de los 90 los servicios públicos, incluida la educación, se encuentran en el punto de mira del proceso de la globalización neoliberal. Este catecismo económico concibe la educación no ya como un derecho fundamental, sino como un artículo de primera necesidad, responsabilizando al individuo de su propia formación.

Todo esto, conlleva el abandono paulatino por parte del estado de sus obligaciones en la administración de dicho servicio, abriendo las puertas de un gigantesco mercado para las grandes empresas (en la OCDE, 875000 M de euros).

  Las medidas adoptadas en el desarrollo del EEES se pueden resumir en cuatro: cambio en la estructura de los estudios universitarios, sistema de titulaciones homologables a nivel europeo, sistema ECTS y movilidad de docentes y estudiantes. Las medidas fundamentales son dos: en primer lugar, la reforma en la estructura de los estudios superiores según el modelo anglosajón, estableciendo dos ciclos (grado y posgrado), disminuyendo la duración del primer ciclo a tres años convertidos en enseñanzas generalistas, que aporten unas aptitudes y habilidades antes que conocimientos, orientadas al mercado laboral precarizado, y un segundo grado donde sólo una élite podrá continuar sus estudios; en segundo lugar la introducción del sistema de créditos ECTS como moneda única de la formación a nivel europeo que servirá para acreditar las competencias adquiridas a lo largo del proceso de formación superior por los estudiantes. Este sistema de créditos medirá la cantidad de trabajo desarrollado por el/la estudiante según las horas de docencia recibidas, las horas de estudio y de trabajos académicamente dirigidos. Es una novedad muy llamativa, pues desplaza el cálculo del tiempo, medido en horas, del trabajo del profesor al trabajo del alumn@. Al estudiante se le considera un trabajador, tomando como base la semana de 40 horas semanales legalmente establecida.

  El estudiantado ha sido excluido de participar en este proceso de reforma de la universidad y reclama ser actor para establecer la defensa de la educación pública. Además, otros aspectos de la realidad de la universidad han sido ignorados. Las clases sociales sí existen, si observamos la reproducción social que existe entre los efectivos universitarios se nos hace una evidencia. Pongamos un ejemplo: dos clases sociales, la clase alta, con 10 hijos, y la baja, con 100 hijos. En la universidad hay 60 estudiantes, los 10 hijos de la clase alta, y 50 de la clase baja. La desigualdad de oportunidades es evidente, estudia el 100% de los hijos de clase alta, y el 50% de los hijos de clase baja. Sin embargo, en torno al sistema educativo, se habla de indisciplina en las aulas, de inmigración, de la caída del nivel educativo… La caída del nivel educativo es falsa. La pérdida de valores de la generación próxima es una queja milenaria, Sócrates ya lo dijo: ‘’Los jóvenes de hoy aman el lujo, están mal educados, desdeñan la autoridad, no tienen ningún respeto por sus mayores (…) contradicen a sus padres (…) y tiranizan a sus maestros’’ ¿Cuándo fue la edad de oro de la juventud?

 Claramente, la crítica a Bolonia no supone la defensa de lo anterior. Hay que trabajar por una universidad democrática que desarrolle y cultive un espíritu crítico, por una universidad comprometida con la realidad de su sociedad. Se trata de dar una amplia cultura general, en despertar y promover los intereses personales, y animar a la participación y acción en sociedad, es decir, proveer con una formación que permite también la adaptación a las distintas necesidades sociales e incluso económicas, pero que no se fundamente solo en ellas. Detrás de esta reforma están los intereses del capital, por eso:

NO A BOLONIA. NO A LA DESREGULACION. NO A LA PRIVATIZACION.

NO AL DESMANTELAMIENTO DE LA EDUCACION PUBLICA.